Ryland tenía algo de la apariencia de un granjero; de un hombre cuyos músculos y estatura completa se habían desarrollado bajo la influencia del ejercicio vigoroso y la exposición a los elementos.
Esto era así en gran medida: pues, aunque era un gran propietario de tierras, como era un hombre de proyectos, de disposición ardiente e industriosa, en su propia finca se había entregado a las labores agrícolas.
Cuando fue como embajador a los Estados del Norte de América, planeó durante un tiempo su emigración total; y llegó al extremo de hacer varios viajes hacia el lejano oeste de aquel inmenso continente, con el propósito de elegir el lugar de su nueva morada.
La ambición apartó sus pensamientos de estos designios; la ambición que, esforzándose a través de varios impedimentos y obstáculos, lo había conducido ahora a la cima de sus esperanzas, al hacerlo Lord Protector de Inglaterra.
Su semblante era basto pero inteligente; su amplia frente y sus vivaces ojos grises parecían vigilar, por encima de sus propios planes y de la oposición de sus enemigos. Su voz era estentórea; su mano, extendida en el debate, parecía advertir a sus oyentes con su forma gigantesca y musculosa que las palabras no eran sus únicas armas. Pocas personas habían descubierto cierta cobardía y una gran debilidad de propósito bajo este exterior imponente. Ningún hombre podía aplastar una «mariposa en la rueda» con mejor efecto; ningún hombre sabía encubrir mejor una retirada apresurada ante un adversario poderoso. Este había sido el secreto de su secesión en la época de la elección de lord Raymond. En la mirada inestable de sus ojos, en su deseo extremo de conocer las opiniones de todos, en la debilidad de su caligrafía, estos rasgos podían rastrearse oscuramente, pero no eran conocidos en general. Ahora era nuestro Lord Protector. Había hecho campaña con ahínco por este puesto. Su protectorado iba a distinguirse por toda clase de innovaciones