Habiendo efectuado la reunión de Raymond y Perdita, estaba deseoso de regresar a Inglaterra; pero su sincero ruego, sumado a una curiosidad despierta y a una indefinible ansiedad por presenciar la catástrofe —que ahora parecía inminente— en la dilatada historia de la guerra entre griegos y turcos, me indujo a consentir en prolongar hasta el otoño el período de mi residencia en Grecia.
Tan pronto como la salud de Raymond estuvo suficientemente restablecida, se preparó para unirse al campamento griego, cerca de Kishan, una ciudad de cierta importancia situada al este del Hebro; en la cual Perdita y Clara debían permanecer hasta que tuviera lugar la batalla esperada.
Abandonamos Atenas el 2 de junio.
Raymond se había recuperado del aspecto demacrado y pálido de la fiebre. Si bien ya no veía el frescor juvenil en su rostro maduro, si bien la preocupación había asediado su frente,
“Y cavó hondas zanjas en el campo de su hermosura,”
si su cabello, ligeramente entrecano, y su mirada, prudente aun en su entusiasmo, daban señales de los años sumados y los sufrimientos pasados, había sin embargo algo irresistiblemente conmovedor en la visión de alguien, arrebatado recientemente de la tumba, que retomaba su camino, indómito ante la enfermedad o el desastre.
Los atenienses veían en él, no como antes, al muchacho heroico o al hombre desesperado, dispuesto a morir por ellos; sino al comandante prudente que, por el bien de ellos, cuidaba de su vida y sabía subordinar sus inclinaciones guerreras al plan de conducta que la política pudiera dictar.