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nydus/The Last ManPublic
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III. El último hombre

miserablemente tal como estamos. Si intentara trasladar a mi madre ahora, moriría en el camino; y si, cuando mejore, yo fuera capaz, no sé cómo, de averiguar los caminos y avanzar tantísimas millas hasta el mar, todos ustedes estarían ya en Francia, y el gran océano se interpondría entre nosotras, el cual resulta tan terrible incluso para los marineros. ¿Qué sería de mí, una mujer que jamás lo ha visto? El mar nos aprisionaría en este país, a solas, completamente solas y sin ayuda; es mejor morir donde estamos. Apenas puedo escribir⁠—no puedo contener las lágrimas⁠—; no es por mí; yo sabría poner mi confianza en Dios; y pase lo que pase, creo que podría soportarlo si estuviera sola. Pero mi madre, mi enferma, mi querida, queridísima madre, que desde que nací jamás me ha dirigido una palabra áspera, que ha sido paciente en medio de tantos sufrimientos; apiádese de ella, estimada Señora, tendrá que morir de una muerte miserable si usted no se compadecé de ella. La gente habla con ligereza de ella, porque es anciana y enfermiza, como si todos, de vivir lo suficiente, no fuéramos a llegar a serlo; y entonces, cuando los jóvenes sean ancianos, pensarán que se debe cuidar de ellos. Es muy tonto por mi parte escribirle de este modo; pero cuando la oigo intentar no gemir y la veo mirarme con una sonrisa para consolarme, a sabiendas de que siente dolor; y cuando pienso que ella no conoce lo peor, pero pronto lo sabrá; y entonces no se quejará, sino que yo me sentaré a imaginar todo en lo que ella está pensando, en el hambre y la miseria⁠—siento como si mi corazón fuera a estallar, y no sé lo que digo ni lo que hago; mi madre⁠—madre por quien tanto he sufrido, ¡que Dios la preserve de este destino! Presérvela, Señora, y Él la bendecirá; y yo, pobre y miserable criatura como soy, se lo agradeceré y

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