Un ser solitario es por instinto un errante, y eso llegaría a ser yo.
Una esperanza de mejoría acompaña siempre al cambio de lugar, lo cual aligeraría incluso la carga de mi vida. Había sido un tonto por permanecer en Roma todo este tiempo: Roma, célebre por la malaria, la famosa proveedora de la muerte.
Pero aún era posible que, si recorría la faz entera de la tierra, hallara en alguna parte de esa vasta extensión a un sobreviviente. Me figuraba que la orilla del mar era el refugio más probable que elegiría alguien así.
De haber quedado solos en una región del interior, aun así no habrían podido continuar en el lugar donde sus últimas esperanzas se hubieran extinguido; habrían emprendido la marcha, como yo, en busca de un compañero para su soledad, hasta que la barrera acuática detuviera su avance.
A esa agua—causa de mis desdichas, tal vez ahora su cura—, habré de encaminarme.
¡Adiós, Italia!—, ¡adiós, tú, ornamento del mundo, Roma sin par, refugio del solitario durante largos meses!—, a la vida civilizada—, al hogar establecido y a la sucesión de días monótonos, ¡adiós!
El peligro será mío ahora; y lo saludo como a un amigo—la muerte cruzará perpetuamente mi camino, y la recibiré como a una bienhechora; las privaciones, las inclemencias del tiempo y las tempestades peligrosas serán mis compañeras juradas.
¡Vosotros, espíritus de la tormenta, recibidme!; ¡vosotros, poderes de la destrucción, abrid vuestros brazos de par en par y abrazadme para siempre!; a menos que un poder más clemente haya decretado otro fin, para que, tras larga paciencia, coseche mi recompensa y vuelva a sentir latir mi corazón junto al corazón de otro semejante a mí.