descansando esa noche en uno de los mil palacios de la ciudad, acordamos embarcarnos al salir el sol a la mañana siguiente.
Cuando vientos que no mueven su superficie calma, barren el mar azur, ya no amo la tierra; las sonrisas de lo hondo sereno y tranquilo tienden lazos a mi mente inquieta—
Así habló Adrian, citando la traducción de un poema de Mosco, mientras, bajo la clara luz de la mañana, remábamos por la Laguna, pasando junto al Lido, hacia mar abierto—yo habría añadido a continuación,
But when the roar Of ocean’s gray abyss resounds, and foam Gathers upon the sea, and vast waves burst—
Pero mis amigos declararon que tales versos eran de mal agüero; así que de buen humor dejamos las aguas poco profundas y, ya en alta mar, desplegamos las velas para atrapar la brisa favorable. El alegre aire matutino las infló, mientras la luz del sol bañaba la tierra, el cielo y el océano; las olas apacibles se abrían para recibir nuestra quilla y besaban juguetones los oscuros costados de nuestro pequeño esquife, murmurando una bienvenida; a medida que la tierra se alejaba, la extensión azul, sumamente inmóvil, hermana gemela del azur empíreo, brindaba una navegación apacible a nuestra barca. Así como el aire y las aguas eran tranquilos y balsámicos, también nuestras mentes se empaparon de quietud. En comparación con las profundidades inmaculadas, la tierra funesta parecía una tumba; sus altos riscos y majestuosas montañas no eran sino monumentos, sus árboles los penachos de un coche fúnebre, los arroyos y ríos salobres con lágrimas por el hombre difunto.