Nuestra tropa, alerta para descubrir y creer en lo sobrenatural, se detuvo a cierta distancia de aquella silueta; y, a medida que oscurecía, había algo aterrador, incluso para los incrédulos, en aquel solitario espectpectro cuyas cabriolas, si bien apenas concordaban con la dignidad espiritual, sobrepasaban las facultades humanas. Ora saltaba derecho por los aires, ora por encima de un alto seto, y al instante siguiente volvía a estar en el camino ante nosotros. Para cuando me acerqué, el pánico experimentado por los espectadores de esta exhibición fantasmal comenzó a manifestarse en la huida de algunos y en el amontonamiento apretado de los demás. Nuestro duendecillo nos advirtió entonces; se acercó y, mientras retrocedíamos reverentes, hizo una profunda reverencia. El espectáculo era irresistiblemente jocoso incluso para nuestra desdichada banda, y su cortesía fue saludada con una carcajada;—luego, saltando de nuevo, en un último esfuerzo, se desplomó en el suelo y quedó casi invisible a través de la oscura noche. Esta circunstancia volvió a sembrar el silencio y el miedo en el tropel; los más valientes avanzaron por fin y, levantando al desdichado moribundo, descubrieron la trágica explicación de aquella escena salvaje. Era un bailarín de ópera y había formado parte de la compañía que desertó de Villeneuve-la-Guyard: al enfermar, sus compañeros lo habían abandonado; en un acceso de delirio se había creído sobre el escenario y, pobrecito, su sentido moribundo aceptó con avidez los últimos aplausos humanos que jamás volverían a prodigarse a su gracia y agilidad.
En otra ocasión nos acosó durante varios días una aparición, a la que nuestra gente dio el apelativo del Espectro Negro. Nunca lo veíamos sino al atardecer, cuando su corcel negro como el carbón, su vestido de luto y su penacho de plumas negras tenían un aspecto majestuoso e imponente; su rostro, dijo uno que lo había visto