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nydus/The Last ManPublic
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Capítulo X

esperanzas de excelencia permanente que antes nos había dado motivos para albergar. Mi amigo y yo nos habíamos educado en la misma escuela, o más bien yo había sido su discípulo en la opinión de que la adhesión firme a los principios era el único camino hacia el honor; y la observancia incesante de las leyes de la utilidad general, el único objetivo consciente de la ambición humana. Pero, aunque ambos abrigábamos estas ideas, diferíamos en su aplicación. El resentimiento también añadía un aguijón a mi censura, y reprobé la conducta de Raymond en términos severos. Adrián fue más benigno, más considerado. Admitió que los principios que yo establecía eran los mejores; pero negó que fuesen los únicos. Citando el texto de que en la casa de mi padre hay muchas moradas, insistía en que los modos de volverse bueno o grande variaban tanto como las disposiciones de los hombres, de quienes se podía decir, como de las hojas del bosque, que no había dos iguales.

Llegamos a Londres cerca de las once de la noche. Conjeturábamos, a pesar de lo que habíamos oído, que encontraríamos a Raymond en St. Stephen’s: hacia allí nos dirigimos a toda prisa.

La sala estaba llena, pero no había Protector; y en los rostros de los líderes se manifestaba un descontento austero, así como un susurro y un parloteo atareado entre los subordinados, no menos ominoso.

Nos apresuramos al palacio del Protectorado. Encontramos a Raymond en su comedor con otros seis: la botella corría alegremente de mano en mano y había mermado considerablemente el juicio de uno u otro. Quien se sentaba cerca de Raymond contaba una historia que convulsionaba al resto con risas.

Raymond se sentó entre ellos, aunque, al tiempo que participaba del espíritu del momento, su dignidad natural nunca lo abandonaba. Estaba alegre, juguetón, fascinante, pero jamás, ni en sus ocurrencias más desaforadas, rebasaba la modestia de la naturaleza ni el respeto que se debía a sí mismo.

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