Me levantaba cada día con el sol de la mañana y abandonaba mi desolada posada. Mientras mis pies vagaban por el campo despoblado, mis pensamientos divagaban por el universo, y era menos desgraciado cuando podía, absorto en la ensoñación, olvidar el transcurso de las horas. Cada tarde, a pesar del cansancio, me repugnaba entrar en cualquier vivienda para tomar allí mi morada nocturna; me he sentado, hora tras hora, a la puerta de la cabaña que había elegido, incapaz de levantar el pestillo y enfrentarme cara a cara a la total desolación del interior. Muchas noches, aunque las brumas otoñales se extendían a mi alrededor, las pasé bajo una encina; muchas veces he cenado bayas de madroño y castañas, encendiendo una hoguera en el suelo a la manera de los gitanos, porque los paisajes naturales agrestes me recordaban con menos agudeza mi estado de desesperada soledad. Contaba los días y llevaba conmigo una vara de sauce pelada en la que, lo mejor que podía recordar, había hecho muescas de los días transcurridos desde mi naufragio, y cada noche añadía una unidad más a la melancólica suma.
Me había abierto paso con esfuerzo por una colina que conducía a Spoleto. Alrededor se extendía una llanura, cercada por los Apeninos cubiertos de castaños. Una oscura garganta se abría a un lado, surcada por un acueducto cuyos altos arcos hundían sus raíces en el valle y atestiguaban que el hombre se había dignado alguna vez a emplear el trabajo y el pensamiento en ese lugar, para adornar y civilizar la naturaleza. Salvaje, ingrata naturaleza que, en un juego violento, desfiguraba sus vestigios, haciendo brotar su frágil y fácilmente renovado crecimiento de flores silvestres y plantas parásitas alrededor de sus edificios eternos. Me senté sobre un fragmento de roca y miré a mi alrededor. El sol había bañado en oro la atmósfera occidental, y al este las nubes captaban el resplandor y florecían en una belleza fugaz. Se ponía sobre un mundo que me tenía a mí solo por habitante.