Una vieja fábula nos cuenta que este amable espíritu brotó de la caja de Pandora, por lo demás repleta de males; pero estos eran invisibles y nulos, mientras todos admiraban la estimulante hermosura de la joven Esperanza; el corazón de cada hombre se convirtió en su hogar; fue entronizada como soberana de nuestras vidas, aquí y en el más allá; fue deificada y venerada, declarada incorruptible y eterna.
Pero, como todos los demás dones del Creador al Hombre, ella es mortal; su vida ha llegado a su última hora. Hemos velado por ella; alimentado su parpadeante existencia; ahora ha caído de golpe de la juventud a la decrepitud, de la salud a una enfermedad sin remedio; aun mientras nos consumimos en luchas por su recuperación, ella muere; a todas las naciones llega la voz: «¡La Esperanza ha muerto!».
No somos más que dolientes en el cortejo fúnebre, ¿y qué esencia inmortal o creación perecedera se negará a formar parte de la triste procesión que acompaña a su tumba a la difunta consoladora de la humanidad?
¿No retira el sol su luz? y el día Como una tenue exhalación se desvanece— Ambos envolviendo sus rayos en nubes para ser Ellos mismos dolientes cercanos en estas exequias.