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nydus/The Last ManPublic
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XI

Al cabo de un tiempo descubrió que, en medio de todos sus conocimientos recién adquiridos, su propio carácter, que antes imaginaba comprender a la perfección, se había convertido en la primera de las terrae incognitae, los páramos sin sendbos de un país que carecía de mapa.

De manera errada y extraña, comenzó la tarea del autoexamen con la autocondena. Y luego, de nuevo, cobró conciencia de sus propias excelencias, y empezó a ponderar con balanzas más justas los matices del bien y del mal.

Yo, que deseaba más allá de las palabras devolverla a la felicidad que aún estaba en su poder disfrutar, observaba con ansiedad el resultado de estos procedimientos internos.

Pero el hombre es un animal extraño. No podemos calcular sus fuerzas como las de una máquina; y, aunque un impulso tire con una fuerza de cuarenta caballos de vapor de lo que parece dispuesto a ceder ante uno, sin embargo, a despecho de todo cálculo, el movimiento no se efectúa. Ni el dolor, ni la filosofía, ni el amor pudieron hacer que Perdita pensara con indulgencia en la deserción de Raymond.

Ahora encontraba placer en mi compañía; hacia Idris sentía y mostraba una plena y afectuosa conciencia de su valía; devolvió a su hijo con creces su ternura y solicitud. Pero yo podía descubrir, en medio de todas sus quejas, un profundo resentimiento hacia Raymond y un duradero sentimiento de ofensa, que me arrancaba la esperanza cuando más cerca parecía de su cumplimiento. Entre otras dolorosas restricciones, había provocado que entre nosotros se estableciera la norma de no mencionar jamás el nombre de Raymond en su presencia. Se negaba a leer cualquier comunicación procedente de Grecia, pidiéndome tan solo que le dijera cuándo llegaba alguna y si los errantes se encontraban bien.

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