El primer día de su llegada a Dover, ella paseó con él por la playa y, con la timidez característica de los sentimientos apasionados y exagerados, fue llevando poco a poco la conversación hacia el punto deseado, en el que pudiera comunicarle sus temores, cuando el mensajero que traía mi carta, anunciando nuestro regreso temporal a Windsor, vino a caballo hacia ellos.
Él dio algunas explicaciones verbales de cómo nos había dejado y añadió que, a pesar de la alegría y el buen ánimo de Lady Idris, temía que apenas llegara con vida a Windsor.
«Es cierto —dijo la condesa—, vuestros temores están fundados, ¡está a punto de expirar!».
Mientras hablaba, tenía los ojos fijos en una hondonada en forma de tumba en el acantilado, y vio —me lo aseguró con solemnidad— a Idris caminando lentamente hacia esta cueva. Estaba de espaldas a ella, con la cabeza gacha, su vestido blanco era el que solía llevar, excepto que un velo fino parecido al crespón cubría sus cabellos dorados y la ocultaba como una neblina tenue y transparente. Parecía abatida, como si cediera dócilmente a un poder dominante; entró sumisamente y se perdió en el oscuro receso.
—Si yo fuera dada a estados visionarios —dijo la venerable dama, mientras continuaba su relato—, podría dudar de mis ojos y condenar mi credulidad; pero la realidad es el mundo en el que vivo, y no dudo de que lo que vi tuviera existencia más allá de mí misma. Desde ese momento no pude descansar; valía la pena la vida entera verla una vez más antes de que muriera; sabía que no lograría hacerlo, pero aun así tenía que intentarlo. Partí de inmediato hacia Windsor; y, aunque me aseguraban que viajábamos con rapidez, a mí me parecía que nuestro avance era lento