«Inensatos y necios —dije—, hemos perdido para siempre tesoros mucho más preciosos que estos; y los abandonamos para preservar tesoros a los que, en comparación, no son nada. No olvidemos ni por un momento nuestro objetivo y nuestra esperanza; y ellos formarán un montículo irresistible para detener el desbordamiento de nuestro pesar por
Los niños se distrajeron con facilidad y volvieron de nuevo a pensar en su futura diversión. Idris había desaparecido. Había ido a ocultar su debilidad; escapando del castillo, había bajado al pequeño parque y buscado la soledad para entregarse allí al llanto. La encontré abrazada a un roble viejo, presionando su áspero tronco con sus labios rosados, mientras sus lágrimas caían abundantes y no lograba reprimir sus sollozos y exclamaciones entrecortadas. ¡Con abrumador dolor contemplé a este ser amado de mi corazón perdido así en la pena! La atraje hacia mí y, al sentir mis besos en sus párpados, al sentir mis brazos apretarla, volvió a ser consciente de lo que le quedaba.
—Eres muy amable al no reprochármelo —dijo—: lloro, y una amarga punzada de dolor intolerable me desgarra el corazón. Y, sin embargo, soy feliz; las madres lloran a sus hijos, las esposas pierden a sus maridos, mientras que tú y mis hijos me habéis quedado. Sí, soy feliz, muy feliz, de poder llorar así por dolores imaginarios, y de que la leve pérdida de mi adorado país no se haya empequeñecido y aniquilado ante una miseria más poderosa. Llévame a donde quieras; donde estéis tú y mis hijos, allí estará Windsor, y cualquier país será Inglaterra para mí. Que estas lágrimas fluyan no por mí, feliz y desagradecida como soy, sino por el mundo muerto, por nuestro país perdido, por todo el amor, la vida y la alegría, ahogados ahora en las polvorientas cámaras de la muerte.
Hablaba deprisa, como para convencerse a sí misma; apartó los ojos de los árboles y los senderos del bosque que tanto amaba; ocultó su rostro en