La fiesta entretanto había terminado. Miraron los cuadros, pasearon por los demás aposentos, hablaron de billar y uno a uno se fueron esfumando.
Raymond se paseaba de un lado a otro de la habitación con aire irritado. Yo me quedé preparado para recibir y responder a sus reproches. Adrian se recostó contra la pared.
«Esto es infinitamente ridículo —exclamó—; si fuerais escolares, no podríais portaros de forma más insensata».
—No comprendéis —dijo Raymond—; esto no es más que parte de un sistema: un plan de tiranía al que jamás me someteré. Por ser Protector de Inglaterra, ¿he de ser el único esclavo en su imperio? ¿Mi privacidad invadida, mis acciones censuradas, mis amigos insultados? Pero me desharé de todo ello de una vez por todas. Sed testigos —y se quitó del pecho la estrella, insignia de su cargo, y la arrojó sobre la mesa—. ¡Renuncio a mi cargo, abdico de mi poder; que lo asuma quien quiera!
—Que lo asuma —exclamó Adrián—, aquel que pueda declararse a sí mismo, o a quien el mundo declare, vuestro superior. No existe en Inglaterra hombre con la presunción adecuada. Conócete a ti mismo, Raymond, y cesará tu indignación; tu satisfacción regresará. Hace unos meses, siempre que rezábamos por la prosperidad de nuestro país, o por la nuestra propia, rezábamos al mismo tiempo por la vida y el bienestar del Protector, como indisolublemente unidos a ella. Tus horas estaban dedicadas a nuestro beneficio, tu ambición era obtener nuestra alabanza. Decoraste nuestras ciudades con edificios, nos otorgaste establecimientos útiles, dotaste a la tierra de una fertilidad abundante. Los poderosos e injustos se acobardaban a los pies de tu tribunal, y los pobres y oprimidos se alzaban como flores despertadas por la aurora bajo la luz del sol de tu protección.