Aproveché este momento de docilidad para proponer que abandonáramos la iglesia.
—Primero —dijo—, devolvamos la losa a su sitio sobre la cripta.
Nos acercamos a ella;
—¿Volveremos a verla? —pregunté.
—No puedo —respondió ella—, y te ruego que tú tampoco lo hagas. No necesitamos atormentarnos contemplando el cuerpo sin alma, mientras su espíritu vivo está enterrado vivo en nuestros corazones, y su hermosura incomparable está en ellos tan profundamente esculpida, que dormidos o despiertos ella habrá de estar siempre presente ante nosotros.
Por unos momentos, nos inclinamos en solemne silencio sobre la bóveda abierta. Consagré mi vida futura a embalsamar su querida memoria; juré servir a su hermano y a su hijo hasta la muerte.
El sollozo convulsivo de mi compañero me hizo interrumpir mis oraciones internas. A continuación, arrastré las piedras sobre la entrada de la tumba y cerré el abismo que contenía la vida de mi vida.
Luego, sosteniendo a mi decrépito compañero de duelo, abandonamos lentamente la capilla. Sentí, al salir al aire libre, como si hubiera dejado un feliz nido de reposo por un desierto sombrío, un sendero tortuoso, una peregrinación amarga, sin alegría y sin esperanza.