cuerpo era considerado por ella evidentemente como una mera máquina, cuya salud era necesaria para la realización de sus planes, pero cuyos sentidos no formaban parte de su disfrute. Hay algo temible en alguien que puede así conquistar la parte animal de nuestra naturaleza, si la victoria no es el efecto de la virtud consumada; ni fue sin una mezcla de este sentimiento que contemplé la figura de la condesa desvelada cuando otros dormían, ayunando cuando yo, naturalmente abstemia y vuelta tal por la fiebre que me devoraba, me veía obligada a reponerme con alimentos. Decidió impedir o disminuir mis oportunidades de adquirir influencia sobre sus hijos, y frustró mis planes con una resolución férrea, silenciosa y terca, que parecía no pertenecer a la carne y la sangre. Al fin se declaró tácitamente la guerra entre nosotras. Tuvimos muchas batallas campales, durante las cuales no se pronunció una sola palabra, apenas se intercambió una mirada, pero en las que cada una estaba decidida a no someterse a la otra. La condesa tenía la ventaja de la posición; así que fui vencida, aunque no quise rendirme.
Mi corazón enfermó. Mi semblante se tiñó con los matices de la mala salud y el disgusto. Adrian e Idris se dieron cuenta; lo atribuyeron a mis largas vigilias y a la ansiedad; me instaron a descansar y a cuidarme, mientras yo les aseguraba con total sinceridad que mi mejor medicina eran sus buenos deseos; eso, y la segura convalecencia de mi amigo, que cada día se hacía más evidente. El tenue rojo volvió a ruborizar su mejilla; su frente y sus labios perdieron la palidez cenicienta de una inminente agonía; tal fue la entrañable recompensa de mi atención constante —y el generoso cielo añadió una retribución desbordante al brindarme también los agradecimientos y las sonrisas de Idris.
Tras el transcurso de unas pocas semanas, dejamos Dunkeld. Idris y su madre regresaron inmediatamente a Windsor, mientras Adrian y yo les