pero los irlandeses, congregados en un número antinatural, empezaron a sufrir los estragos de la hambruna y siguieron los pasos de los estadounidenses rumbo a Inglaterra también. La travesía del mar no pudo detener su marcha. Los puertos de las desoladas costas del oeste de Irlanda estaban llenos de embarcaciones de todos los tamaños, desde el buque de guerra hasta la pequeña barca de pescadores, que yacían sin marineros y pudriéndose en las aguas perezosas. Los emigrantes se embarcaron por cientos y, desplegando sus velas con manos rudas, causaron estragos extraños en boyas y cabos. Aquellos que con modestia se embarcaron en las naves más pequeñas, realizaron la mayor parte de su viaje acuático a salvo. Algunos, con el auténtico espíritu de una empresa temeraria, subieron a bordo de un barco de ciento veinte cañones; el vasto casco derivó con la marea fuera de la bahía y, tras muchas horas, su tripulación de campesinos se las arregló para desplegar gran parte de su enorme velamen. El viento lo atrapó y, mientras mil errores del timonel hacían que la proa apuntara ahora hacia un punto y ahora hacia otro, los vastos campos de lona que formaban sus velas batían con un sonido semejante al de una enorme catarata, o al que puede emitir un bosque similar a un mar cuando es azotado por un viento norte equinoccial. Las portas de los cañones estaban abiertas y, con cada golpe de mar que, al escorar, lavaba sus cubiertas, recibían toneladas enteros de agua. Las dificultades aumentaron debido a una brisa fresca que comenzó a soplar, silbando entre la arboladura, sacudiendo las velas de un lado a otro y desgarrándolas con un estallido espantoso y un zumbido como el que pudo haber visitado los sueños de Milton cuando imaginó el batir de las alas en forma de abanico del archidemonio, que acrecentaba el estrépito del salvaje caos. Estos sonidos se mezclaban con el rugido del mar, el chapoteo de las olas irritadas alrededor de los costados de la embarcación y el gorgoteo del agua en la bodega.
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