Hay un poder mágico en la semejanza.
Cuando alguien a quien amamos muere, esperamos verle en otro estado, y casi confiamos en que el agente de la mente revestirá su nuevo atuendo a imitación de su vestidura terrenal decaída.
Pero estas son ideas de la mente tan solo. Sabemos que el instrumento está hecho añicos, que la imagen sensible yace en fragmentos miserables, disuelta en una nada polvorienta; una mirada, un gesto o una disposición de las extremidades semejantes a los del difunto en una persona viva, tocan una cuerda vibrante, cuya armonía sagrada se siente en el rincón más querido del corazón.
Extrañamente conmovido, postrado ante esta imagen espectral y esclavizado por la fuerza de la sangre manifestada en el parecido de la mirada y del movimiento, permanecí temblando en presencia de la madre de Idris, áspera, orgullosa y hasta entonces no amada.
¡Pobre y equivocada mujer! En su momento de mayor ternura, había acariciado la idea de que una palabra, una mirada de reconciliación de su parte, sería recibida con alegría y compensaría largos años de severidad. Ahora que el tiempo para ejercer tal poder había pasado, cayó de golpe en la espinosa verdad de las cosas, y sintió que ni una sonrisa ni una caricia podían penetrar en el estado inconsciente, ni influir en la felicidad de aquella que yacía en la cripta de abajo.