Me asustó su vehemencia e imaginé algún error en su incoherente relato; pero ya no dudé en obedecerla.
Había venido sola desde el castillo, a tres larguísimas millas de distancia, a medianoche y a través de la densa nieve; debíamos llegar a Englefield Green, milla y media más allá, antes de poder conseguir un carruaje.
Me contó que había mantenido sus fuerzas y su valor hasta su llegada a mi cabaña, y que entonces ambas cosas le habían fallado. Ahora apenas podía caminar.
Apoyándola como lo hacía, aún se rezagaba: y a la distancia de media milla, tras muchas detenciones, ataques de escalofríos y semi-desmayos, se desprendió de mi brazo que la sostenía sobre la nieve y, entre un torrente de lágrimas, afirmó que debían capturarla, pues no podía continuar. La alcé en mis brazos; su ligera forma reposó sobre mi pecho. No sentí más carga que la interna de emociones contrarias y contendientes. Un goce desbordante me invadió entonces. De nuevo sus miembros fríos me tocaron como un torpedo; y me estremecí en simpatía con su dolor y su espanto. Su cabeza reposaba en mi hombro, su aliento mecía mi cabello, su corazón latía cerca del mío, el éxtasis me hacía temblar, me cegaba, me aniquilaba—hasta que un gemido ahogado, brotando de sus labios, el rechinar de sus dientes, que se esforzaba en vano por dominar, y todas las señales de sufrimiento que manifestaba, me devolvieron a la necesidad de la prisa y el auxilio.
Por fin le dije: «Ahí está Englefield Green; allí, la posada. Pero, si se te ve en circunstancias tan extrañas, querida Idris, aun ahora tus enemigos podrían enterarse demasiado pronto de tu fuga; ¿no sería mejor que alquilara el carruaje yo solo? Te pondré a salvo entretanto y regresaré a ti enseguida».