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nydus/The Last ManPublic
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VI

Me asustó su vehemencia e imaginé algún error en su incoherente relato; pero ya no dudé en obedecerla.

Había venido sola desde el castillo, a tres larguísimas millas de distancia, a medianoche y a través de la densa nieve; debíamos llegar a Englefield Green, milla y media más allá, antes de poder conseguir un carruaje.

Me contó que había mantenido sus fuerzas y su valor hasta su llegada a mi cabaña, y que entonces ambas cosas le habían fallado. Ahora apenas podía caminar.

Apoyándola como lo hacía, aún se rezagaba: y a la distancia de media milla, tras muchas detenciones, ataques de escalofríos y semi-desmayos, se desprendió de mi brazo que la sostenía sobre la nieve y, entre un torrente de lágrimas, afirmó que debían capturarla, pues no podía continuar. La alcé en mis brazos; su ligera forma reposó sobre mi pecho. No sentí más carga que la interna de emociones contrarias y contendientes. Un goce desbordante me invadió entonces. De nuevo sus miembros fríos me tocaron como un torpedo; y me estremecí en simpatía con su dolor y su espanto. Su cabeza reposaba en mi hombro, su aliento mecía mi cabello, su corazón latía cerca del mío, el éxtasis me hacía temblar, me cegaba, me aniquilaba⁠—hasta que un gemido ahogado, brotando de sus labios, el rechinar de sus dientes, que se esforzaba en vano por dominar, y todas las señales de sufrimiento que manifestaba, me devolvieron a la necesidad de la prisa y el auxilio.

Por fin le dije: «Ahí está Englefield Green; allí, la posada. Pero, si se te ve en circunstancias tan extrañas, querida Idris, aun ahora tus enemigos podrían enterarse demasiado pronto de tu fuga; ¿no sería mejor que alquilara el carruaje yo solo? Te pondré a salvo entretanto y regresaré a ti enseguida».

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