trono y deja su dominio a la noche y al invierno. La naturaleza envejece y tiembla en sus miembros decrépitos; ¡la creación se ha arruinado! ¿Qué de extrañar es, pues, que el eclipse y la muerte hayan conducido a la destrucción la luz de tu vida, oh Perdita!”
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IX. Perdita
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