por sus consecuencias. Rogaba por el alma de su esposo; imploraba al Supremo que pusiera sobre su cabeza el crimen de su autodestrucción —juraba vivir para expiar su falta.
En medio de una desdicha tal que pronto debió haberla destruido, un solo pensamiento fue motivo de consuelo.
Vivía en el mismo país, respiraba el mismo aire que Raymond. Su nombre como Protector era el estribillo de todas las bocas; sus proezas, proyectos y magnificencia, el argumento de cada relato.
Nada hay tan precioso para el corazón de una mujer como la gloria y la excelencia del ser que ama; así, en medio de cada horror, Evadne se deleitaba en su fama y prosperidad.
Mientras su marido vivió, ella consideró este sentimiento como un crimen, lo reprimió, se arrepintió de él. Cuando él murió, la marea del amor retomó su antiguo cauce, inundó su alma con sus olas tumultuosas y ella se entregó, presa de su poder incontrolable.