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nydus/The Last ManPublic
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VII

De repente se detuvo y exclamó: «¡Qué he dicho?, ¡necia y falsa muchacha que soy!». Me miró con frenesí y luego, calmándose de repente, se disculpó por lo que llamó sus palabras sin sentido, diciendo que de verdad debía de estar loca, pues, mientras Raymond viviera, ella tenía que ser feliz; y entonces, aunque aún lloraba, me permitió marcharme con tranquilidad. Raymond solo le tomó la mano al irse y la miró de manera expresiva; ella respondió con una mirada de complicidad y asentimiento.

¡Pobre muchacha! ¡Lo que entonces sufrió! Jamás pude perdonar por completo a Raymond las pruebas a las que la sometió, causadas como estaban por un sentimiento egoísta de su parte.

Había planeado, si fracasaba en su actual intento, sin despedirse de ninguno de nosotros, embarcarse hacia Grecia y no volver a pisar Inglaterra jamás.

Perdita accedió a sus deseos; pues la satisfacción de él era el objetivo principal de su vida, la cúspide de su dicha; pero abandonarnos a todos, a sus compañeros, las queridas parejas de sus años más felices, y entretanto ocultar esta espantosa determinación, era una tarea que casi doblegó la fuerza de su mente.

Había estado ocupada en hacer los preparativos para su partida; le había prometido a Raymond durante esta velada decisiva, aprovechar nuestra ausencia para avanzar una etapa del viaje, y él, una vez constatada su derrota, se escaparía de nosotros para reunirse con ella.

Aunque, cuando se me informó de este plan, me ofendió amargamente la poca atención que Raymond prestaba a los sentimientos de mi hermana, la reflexión me llevó a considerar que actuaba bajo la fuerza de una emoción tan intensa que le arrebataba la consciencia y, en consecuencia, la culpa de una falta.

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