comprensivo Adrian.
Su actual visita a Londres tendía a aumentar su estado de inquietud, al mostrar en su máxima extensión los estragos ocasionados por la pestilencia. Apenas conservaba la apariencia de una ciudad habitada; la hierba brotaba espesa en las calles; las plazas estaban llenas de maleza, las casas permanecían cerradas, mientras el silencio y la soledad caracterizaban las partes más concurridas de la población. Sin embargo, en medio de la desolación, Adrián había preservado el orden; y cada cual seguía viviendo según la ley y la costumbre —sobreviviendo así las instituciones humanas, por decirlo de algún modo, a las divinas, y mientras el decreto de la población quedaba anulado, la propiedad seguía siendo sagrada—. Era una reflexión melancólica; y a pesar de la disminución del mal producido, golpeaba el corazón como una miserable burla. Toda idea de lugar de recreo, de teatros y festivales había desaparecido. «El próximo verano —dijo Adrián al despedirnos para regresar a Windsor— decidirá el sino de la raza humana. No cesaré en mis esfuerzos hasta entonces; mas, si la plaga resurge con el año venidero, toda lucha contra ella habrá de cesar, y nuestra única ocupación será la elección de una tumba».