Aplastada y consumida, las horas le habían drenado la sangre y llenado la frente de líneas y arrugas.
Con horror estremecido velé este monumento de la pasión humana y la miseria humana; amontoné sobre ella cuantas banderas y pesados arreos pude encontrar, para protegerla de las aves y las bestias de presa, hasta que pudiera otorgarle una tumba adecuada.
Triste y lentamente aparté mi rumbo de entre los montones de muertos y, guiado por las luces centelleantes del pueblo, llegué al fin a Rodosto.