mientras él tenía fuerzas para tragar, le administraba su bebida. Por fin llegó el momento de su muerte: la sangre detuvo su curso—sus ojos se abrieron y luego volvieron a cerrarse—: sin convulsión ni suspiro, la frágil morada quedó vacía de su habitante espiritual.
He oído que la visión de los muertos ha reafirmado a los materialistas en su creencia. Yo siempre sentí lo contrario. ¿Era ese mi hijo?, ¿esa inanimación inmóvil y en descomposición?
Mi hijo se extasiaba con mis caricias; su querida voz revestía de articulaciones dotadas de sentido sus pensamientos, inaccesibles de otro modo; su sonrisa era un rayo del alma, y la misma alma se sentía entronizada en sus ojos.
Me aparto de esta burla de lo que fue.
¡Toma, oh tierra, tu deuda! Libre y para siempre te confío el ropaje que me prestaste.
Pero tú, dulce niño, amable y querido muchacho, o bien tu espíritu ha buscado una morada más digna, o bien, consagrado en mi corazón, vives mientras este lata.