—Estimada señora —dijo Adrián—, déjeme suplicarle que lo vea, que cultive su amistad. Entonces usted se maravillará, como yo, de la extensión de sus logros y de la brillantez de su talento. (Perdonadme, amable lector, esto no es vanidad inútil;—no es inútil, puesto que saber que Adrián sentía esto, trae alegría aun ahora a mi solitario corazón).
—¡Muchacho loco y necio! —exclamó la enfurecida señora—, has elegido derribar con sueños y teorías mis planes para tu propio engrandecimiento; pero no harás lo mismo con los que he trazado para tu hermana.
Demasiado bien comprendo el hechizo bajo el cual ambos gemís; puesto que tuve la misma lucha con vuestro padre para hacerle repudiar al progenitor de este joven, quien ocultaba sus perversas inclinaciones con la suavidad y la sutileza de una víbora. En aquellos días, ¡cuán a menudo no oí hablar de sus encantos, de sus conquistas generalizadas, de su ingenio, de sus modales refinados!
Está bien cuando solo las moscas quedan atrapadas en tales telarañas; pero ¿es propio de los de alta cuna y poderosos doblar el cuello ante el frágil yugo de estas pretensiones vacías?
Si vuestra hermana fuera en verdad la persona insignificante que merece ser, con gusto la abandonaría a su suerte, a la mísera suerte de ser esposa de un hombre cuyo propio físico, que tanto se parece al de su infeliz padre, debería recordaros la insensatez y el vicio que simboliza; mas recordad, lady Idris, que no es solo la otrora sangre real de Inglaterra la que colorea vuestras venas, sois una princesa de Austria, y cada gota de vuestra vida está emparentada con emperadores y reyes. ¿Sois entonces una pareja adecuada para un zagal inculto cuya única herencia es el nombre mancillado de su padre?
—Solo puedo presentar una defensa —respondió Idris—, la misma que ofreció mi hermano; ved a Lionel, hablad con mi pastorcito. La condesa