Hablé sin prestar mucha atención, y la conclusión misma de lo que dije trajo consigo otros pensamientos. ¿Sobreviviríamos alguno de nosotros al verano venidero?
Vi la frente de Idris nublarse; sentí de nuevo que estábamos encadenados al carro del destino, sobre cuyos corceles no teníamos control. Ya no podíamos decir: «Esto haremos, y esto dejaremos de hacer». Un poder más grande que el humano estaba cerca para destruir nuestros planes o para llevar a cabo la obra que evitábamos. Era una locura contar con otro invierno. Este era el nuestro último.
El verano venidero era el confín extremo de nuestra perspectiva; y, cuando llegáramos allí, en vez de una continuación del largo camino, un abismo se abría, hacia el cual debíamos precipitarnos por la fuerza. La última bendición de la humanidad nos había sido arrebatada; ya no podíamos esperar.
¿Puede el demente, mientras agita sus cadenas, esperar? ¿Puede el infeliz, conducido al patíbulo, que al apoyar su cabeza en el cepo divisa la doble sombra de sí mismo y del verdugo, cuyo brazo en alto empuña el hacha, esperar? ¿Puede el marinero naufragado, que, agotado de nadar, escucha muy cerca las aguas salpicadas que abre un tiburón que lo persigue a través del Atlántico, esperar?
¡Una esperanza como la de ellos es la que nosotros también podemos abrigar!