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nydus/The Last ManPublic
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VIII

jóvenes enrojecidos por la salud y la prosperidad, vueltos pálidos por una enfermedad consuntiva, pasaron a habitar la tumba. La cosecha se había perdido; el trigo malo y la escasez de vinos extranjeros dieron mayor vigor a la enfermedad. Antes de Navidad, media Inglaterra estaba bajo el agua. Se renovaron las tormentas del invierno pasado; pero el tráfico marítimo reducido de este año hizo que sintiéramos menos las tempestades del mar. La crecida y las tormentas hicieron más daño a la Europa continental que a nosotros, asestando, por así decirlo, el golpe final a las calamidades que la destruyeron. En Italia, los ríos quedaron sin la vigilancia de un campesinado mermado; y, como fieras salidas de su guarida cuando los cazadores y los perros están lejos, el Tíber, el Arno y el Po se precipitaron sobre la fertilidad de las llanuras y la destruyeron. Aldeas enteros fueron arrastradas. Roma, Florencia y Pisa se inundaron, y sus palacios de mármol, antes reflejados en corrientes tranquilas, vieron sus cimientos sacudidos por el poder dotado por el invierno. En Alemania y Rusia el daño fue aún más trascendental.

Pero al fin llegaría la helada, y con ella la renovación de nuestro contrato de alquiler con la tierra. La helada embotaría las flechas de la pestilencia y encadenaría los furiosos elementos; y en primavera la tierra se despojaría de su manto de nieve, liberada de su amenaza de destrucción. No fue sino hasta febrero cuando aparecieron los anhelados signos del invierno. Durante tres días cayó la nieve, el hielo detuvo la corriente de los ríos y los pájaros volaron de las ramas crujientes de los árboles blanqueados por la escarcha. A la cuarta mañana todo se desvaneció. Un viento del suroeste trajo lluvia; salió el sol y, burlándose de las leyes habituales de la naturaleza, pareció arder, incluso en esta temprana estación, con fuerza solsticial. No fue consuelo que con los primeros vientos de marzo los caminos se llenaran de violetas, los árboles frutales se cubrieran de flores, que brotara el maíz y salieran las hojas, forzados por el calor destemplado. Temíamos el aire apacible; temíamos el cielo despejado, la tierra cubierta de flores y los deliciosos bosques, pues ya no considerábamos la estructura del universo como nuestra morada, sino como nuestra tumba, y la tierra fragrante olía para el miedo como un vasto cementerio.

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