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nydus/The Last ManPublic
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VI

Ella respondió que yo tenía razón, y que podía hacer con ella lo que me placiera.

Observé la puerta de un pequeño cobertizo entreabierta. La empujé y, con algo de heno esparcido por allí, le armé un lecho, coloqué su cuerpo agotado sobre él y la cubrí con mi capa. Temía dejarla, se veía tan pálida y desmayada—, pero en un momento recuperó la animación y, con ella, el miedo; y de nuevo me imploró que no me demorara.

Llamar a la gente de la posada y conseguir un carruaje y caballos, aun si los enjaezaba yo mismo, fue obra de muchos minutos; minutos, cada uno cargado con el peso de los siglos. Hice que la calesa avanzara un poco, esperé a que la gente de la posada se retirara, y luego hice que el postillón acercara el carruaje hasta el lugar donde Idris, impaciente y ahora algo recuperada, se hallaba esperándome.

La subí a la calesa; le aseguré que con nuestros cuatro caballos llegaríamos a Londres antes de las cinco, la hora en que la buscarían y notarían su ausencia. Le rogué que se calmara; una benévola lluvia de lágrimas la alivió y, gradualmente, relató su historia de miedo y peligro.

Aquella misma noche, tras la marcha de Adrian, su madre la había reconvenido con vehemencia respecto a su apego hacia mí. Todo motivo, toda amenaza, toda pulla airada fueron esgrimidos en vano. Parecía considerar que a través de mí había perdido a Raymond; yo era la influencia maligna de su vida; se me acusaba incluso de avivar y confirmar la demencial y vil apostasía de Adrian respecto a cualquier perspectiva de ascenso y grandeza; y ahora este miserable montañés iba a robarle a su hija. Jamás, según relató Idris, se dignó la enojada dama recurrir a la gentileza y la persuasión; de haberlo hecho, la tarea de resistencia habría sido exquisitamente dolorosa. Tal como estaban las cosas, la generosa

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