convertirá en un paraíso.
—Y por supuesto disfrutaremos del beneficio del cambio —dijo Ryland con desprecio.
“Tenemos extrañas noticias por aquí”, observé. Tenía el periódico en la mano y, como de costumbre, había buscado las noticias de Grecia. “Parece que la destrucción total de Constantinopla, y la suposición de que el invierno había purificado el aire de la ciudad caída, dieron a los griegos el valor de visitar su emplazamiento y empezar a reconstruirla. Pero nos dicen que la maldición de Dios pesa sobre el lugar, pues todo el que se ha aventurado dentro de los muros ha sido contagiado por la peste; que esta enfermedad se ha extendido por Tracia y Macedonia; y ahora, temiendo la virulencia del contagio durante los calores venideros, se ha trazado un cordón en las fronteras de Tesalia y se exige una estricta cuarentena”. Esta noticia nos devolvió de la perspectiva del paraíso, ofrecida tras el transcurso de cien mil años, al dolor y la miseria existentes en la actualidad sobre la tierra. Hablamos de los estragos causados el año pasado por la pestilencia en todos los rincones del mundo, y de las espantosas consecuencias de una segunda visita. Discutimos los mejores medios para prevenir el contagio y para preservar la salud y la actividad en una gran ciudad así afligida—Londres, por ejemplo. Merrival no participó en esta conversación; acercándose a Idris, procedió a asegurarle que la alegre perspectiva de un paraíso terrenal después de cien