descendido los Alpes, dejando muy atrás sus vastos bosques y poderosos riscos. Entramos en la sonriente Italia. Hierba y trigo crecían mezclados en sus llanuras, las vides sin podar extendían sus frondosas ramas alrededor de los olmos. Las uvas, demasiado maduras, habían caído al suelo, o colgaban moradas, o de un verde bruñido, entre las hojas rojas y amarillas. Las espigas de trigo en pie, aventadas hasta la nada por los vientos pródigos; el follaje caído de los árboles, los arroyos cubiertos de maleza, el olivo oscuro, salpicado ahora de su fruto ennegrecido; las castañas, cuya única cosechadora era la ardilla; toda la abundancia, y sin embargo, ¡ay!, toda la pobreza, pintaban con tonos maravillosos y agrupaciones fantásticas esta tierra de belleza. En las ciudades, en las mudas ciudades, visitamos las iglesias, adornadas con cuadros, obras maestras del arte, o galerías de estatuas; mientras que en este clima benigno los animales, en una libertad recién hallada, deambulaban por los suntuosos palacios y apenas temían nuestro aspecto olvidado. Los bueyes de color de tórtola volvían sus grandes ojos hacia nosotros y pasaban lentamente; una tropa sorprendente de ovejas necias, con pasos repiqueteantes, irrumpía en alguna estancia, antaño dedicada al reposo de la belleza, y huía, amontonándose a nuestro lado, escaleras de mármol abajo hacia la calle, para entrar de nuevo por la primera puerta abierta, tomando posesión sin represión de un santuario sagrado o de una sala de consejo real. Ya no nos sorprendían estos acontecimientos, ni peores muestras de cambio —cuando el palacio se había convertido en una mera tumba, cargada de hedor fétido, sembrada de muertos—; y podíamos percibir cómo la peste y el miedo habían hecho extrañas travesuras, persiguiendo a la dama suntuosa hasta los campos húmedos y la cabaña desnuda; reuniendo, entre alfombras de tejido indio y lechos de seda, al rudo campesino, o a la forma deforme y semihumana del mísero mendigo.
Llegamos a Milán y nos instalamos en el palacio del virrey.