Terminado este arranque de apasionado sentimiento, nos sentamos juntos con el pensamiento en calma, hablando del pasado y del presente.
Aludí a la frialdad de sus cartas; pero los pocos minutos que habíamos pasado juntos explicaban sobradamente el origen de aquello. Nuevos sentimientos habían surgido en su interior, incapaces de ser expresados por escrito a alguien a quien solo había conocido en la infancia; pero volvimos a vernos, y nuestra intimidad se renovó como si nada se hubiera interpuesto para frenarla.
Le detallé los incidentes de mi estancia en el extranjero y luego le pregunté por los cambios ocurridos en el hogar, los motivos de la ausencia de Adrian y su vida retirada.
Las lágrimas que anegaron los ojos de mi hermana cuando mencioné a nuestro amigo, y su rostro encendido, parecieron confirmar la veracidad de los rumores que habían llegado a mí.
Pero su sentido era demasiado terrible para que concediera crédito inmediato a mi sospecha. ¿Acaso reinaba en verdad la anarquía en el sublime universo de los pensamientos de Adrián, dispersaba la locura a sus bien provistas legiones, y ya no era él el señor de su propia alma?
Amado amigo, este malvado mundo no era clima para tu apacible espíritu; entregaste su gobierno a la falsa humanidad, que lo despojó de sus hojas antes del invierno y dejó al desnudo su vida trémula ante el malvado ministerio de los vientos más recios.
¿Han perdido su significado esos ojos apacibles, esos «canales del alma», o acaso solo revelan con su brillo la horrible historia de sus desviaciones? ¿Ya no «interpreta música excelente» esa voz?
¡Horrible, mostruosamente horrible! Me cubro los ojos con terror ante el cambio, y las lágrimas incontenibles dan testimonio de mi compasión por esta ruina inimaginable.