La marea del pensamiento y del sentimiento fluye siempre igual, aunque las orillas y las formas que la rodean y gobiernan su curso, así como el reflejo en la ola, varíen. Así, el sentimiento de pérdida inmediata en cierto modo decayó, mientras que el de una soledad absoluta e irremediable creció en mí con el tiempo. Tres días vagué por Rávena —ora pensando solo en los seres queridos que dormían en las cavernas fangosas del océano—, ora mirando hacia el terrible vacío que tenía ante mí; estremeciéndome al dar un paso al frente, retorciéndome ante cada cambio que marcaba el transcurso de las horas.
Durante tres días vagué de aquí para allá en esta melancólica ciudad.
Pasé horas enteras yendo de casa en casa, prestando atención por si lograba detectar algún signo oculto de existencia humana.
A veces tocaba un timbre; su resonancia tintineaba por las habitaciones abovedadas, y el silencio sucedía al sonido.
Me declaraba sin esperanza, pero aun así esperaba; y todavía la desproporción introducía las horas, hincando el frío y afilado acero que me traspasó por primera vez en la herida abierta y supurante.
Me alimenté como una bestia salvaje, que solo atrapa su comida cuando le pica el hambre intolerable.
No me cambié de ropa, ni busqué el refugio de un techo, durante todos esos días.
Ardores febriles, irritación nerviosa, un flujo incesante pero confuso de pensamientos, noches sin dormir y días plenos de una frenética agitación se apoderaron de mí durante aquel tiempo.
A medida que la fiebre de mi sangre aumentaba, me sobrevino el deseo de deambular. Recuerdo que el sol se había puesto el quinto día después de mi naufragio cuando, sin propósito ni rumbo, abandonué la ciudad de