“en medio de la desesperación realizamos las tareas de la esperanza”. Salimos con el propósito de disputar el terreno a nuestro enemigo. Auxiliamos a los enfermos y consolamos a los afligidos; apartándonos de la multitud de muertos hacia los escasos sobrevivientes, con una energía de deseo que parecía un poder, les ordenamos que vivieran. La peste reinaba soberana entretanto, y se burlaba de nosotros con
¿Ha observado alguno de vosotros, lectores míos, las ruinas de un hormiguero inmediatamente después de su destrucción? Al principio parece totalmente desierto de sus antiguos habitantes; al poco rato se ve a una hormiga forcejeando entre la tierra removida; reaparecen de dos en dos y de tres en tres, corriendo de aquí para allá en busca de sus compañeros perdidos.
Tales éramos nosotros sobre la tierra, preguntándonos estupefactos por los efectos de la peste. Nuestras moradas vacías permanecían, pero los moradores habían sido congregados en las sombras de la tumba.
A medida que se perdían las reglas del orden y la presión de las leyes, algunos comenzaron con vacilación y asombro a transgredir los usos acostumbrados de la sociedad. Los palacios fueron abandonados, y el pobre se atrevió por fin, sin reprensión, a irrumpir en los espléndidos aposentos, cuyos muebles y decoraciones mismos eran un mundo desconocido para él. Se descubrió que, aunque al principio la paralización de toda circulación de bienes había reducido a una pobreza repentina y espantosa a quienes antes se sustentaban de las necesidades ficticias de la sociedad, sin embargo, cuando los límites de la propiedad privada fueron derribados, los productos del trabajo humano existentes en ese momento eran más, mucho más de lo que la diezmada generación podría consumir jamás.