él; mi corazón henchido me ahogaba; la corriente natural no se dejaba contener; las grandes lágrimas rebeldes se acumularon en mis ojos; me aparté y cayeron al mar; brotaban cada vez más rápidas; sin embargo, apenas podía avergonzarme, pues vi que los rudos marineros no se mostraban indiferentes, y los ojos de Raymond eran los únicos secos de toda nuestra tripulación. Yacía en esa dichosa calma que siempre induce la convalecencia, disfrutando con segura tranquilidad de su libertad y del reencuentro con la mujer a quien adoraba. Perdita sofocó al fin su arrebato de pasión y se levantó; buscó con la mirada a Clara; la niña, asustada al no reconocer a su padre y descuidada por nosotros, se había arrastrado hasta el otro extremo del bote; se acercó a la llamada de su madre. Perdita se la presentó a Raymond; sus primeras palabras fueron: «¡Amado mío, abraza a nuestra hija!».
—Acércate, dulce niña —dijo su padre—, ¿no me conoces? Ella reconoció su voz y se arrojó a sus brazos con una emoción mitad vergonzosa, mitad incontrolable.
Percibiendo la debilidad de Raymond, temí las malas consecuencias de la presión de la multitud en su desembarco. Pero quedaron sobrecogidos, como yo, por el cambio en su aspecto. La música se apagó, los gritos cesaron abruptamente; los soldados habían despejado un espacio en el que se detuvo un carruaje. Lo colocaron en él; Perdita y Clara subieron con él, y su escolta lo rodeó; un murmullo sordo, semejante al rugido de las olas cercanas, recorrió a la multitud; se retiraron a medida que el carruaje avanzaba, y temiendo dañarlo —a quien habían venido a recibir— con ruidosas muestras de alegría, se conformaron con hacer una profunda reverencia al pasar el carruaje; este avanzó lentamente por el camino del Pireo; pasó junto a templos antiguos y tumbas heroicas, bajo la peñasca roca de la ciudadela. El sonido de las olas quedó atrás; el de la multitud continuó a intervalos, sofocado y ronco; y aunque, en la