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nydus/The Last ManPublic
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VIII

Un día, era el nueve de septiembre, pareció consagrado a toda clase de desastres, a todo incidente desgarrador.

Temprano en el día, supe de la llegada al Castillo de la anciana abuela de uno de nuestros criados. Esta anciana había cumplido cien años; su piel estaba arrugada, su cuerpo encorvado y perdido en una extrema decrepitud; pero, como año tras año seguía existiendo, sobreviviendo a muchos más jóvenes y fuertes, empezó a sentir que iba a vivir para eternidad.

Llegó la peste y los habitantes de su pueblo murieron. Aferrada, con el sentimiento cobarde de los ancianos, al remanente de su vida gastada, al enterarse de que la epidemia había llegado a su vecindario, había trancado su puerta y cerrado su ventana, negándose a comunicarse con nadie. Vagaba por la noche en busca de comida y regresaba a casa, satisfecha de no haber encontrado a nadie, de no correr peligro por causa de la peste.

A medida que la tierra se volvía más desolada, su dificultad para conseguir sustento aumentó; al principio, su hijo, que vivía cerca, le había complacido colocando comestibles a su alcance; al final, él murió. Pero, aun estando amenazada por el hambre, su miedo a la peste era primordial; y su mayor desvelo era evitar a sus semejantes.

Se ponía más débil cada día, y cada día tenía que caminar más lejos. La noche anterior, había llegado a Datchet y, merodeando por allí, había encontrado una panadería abierta y desierta. Cargada de botín, se apresuró a regresar y perdió el camino. La noche era sin viento, calurosa y nublada; su carga se volvió demasiado pesada para ella; y, uno por uno, fue arrojando sus panes, esforzándose aún por avanzar, aunque su andar cojo derivó en renguera y su debilidad terminó por inmovilizarla.

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