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nydus/The Last ManPublic
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IX. Perdita

vida, en su mísera cama. Llamó a la gente de la casa, pero no pudo sacarles nada en claro, salvo que no sabían nada.

Su historia se le aparecía clara, clara y nítida como el remordimiento y el horror que le clavaban sus colmillos.

Cuando se vio abandonada por él, perdió el ánimo para proseguir sus ocupaciones habituales; el orgullo le prohibía recurrir a él; la compadecía el hambre como al amable portero de las puertas de la muerte, entre cuyos pliegues abiertos ella podría ahora, sin pecado, descansar rápidamente.

Ninguna criatura se le acercó mientras le fallaban las fuerzas.

Si ella moría, ¿dónde podría encontrarse en los registros un asesino cuyo acto cruel pudiera compararse con el suyo? ¡Qué demonio más caprichoso en su maldad, qué alma maldita más digna de perdición!

Pero él no estaba reservado para esta agonía de autorreproche. Mandó llamar asistencia médica; las horas pasaron, estiradas por la zozobra hasta convertirse en siglos; la oscuridad de la larga noche otoñal dio paso al día antes de que su vida estuviera a salvo.

Hizo entonces que la trasladaran a una vivienda más cómoda, y rondaba a su alrededor, una y otra vez, para asegurarse de que estaba a salvo.

En medio de su mayor zozobra y temor ante lo que pudiera suceder, recordó la fiesta celebrada en su honor por Perdita; en su honor entonces, cuando la miseria y la muerte imprimían una mancha indeleble a su nombre, honor para aquel cuyos crímenes merecían el cadalso; aquello era la peor de las burlas. Aun así, Perdita lo esperaría; escribió unas pocas palabras incoherentes en un trozo de papel, afirmando que se encontraba bien, y le ordenó a la mujer de la casa que lo llevara al palacio y lo entregara en manos de la esposa del Lord Protector.

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