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nydus/The Last ManPublic
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IX. Perdita

La compasión hinchó su pecho; la vería una vez más; idearía algún plan para devolverla a la sociedad y al disfrute de su rango; su separación llegaría entonces, como algo natural.

De nuevo pensó en cómo, durante aquel largo mes, había evitado a Perdita, huyendo de ella como de los aguijones de su propia conciencia.

Pero ahora estaba despierto; todo aquello se remediaría, y su futura devoción borraría el recuerdo de aquella única mancha en la serenidad de la vida de ambos. Se animó al pensar en esto, y con sensatez y firmeza trazó la línea de conducta que adoptaría.

Recordó que le había prometido a Perdita estar presente esa misma noche (el 19 de octubre, aniversario de su elección como Protector) en un festival ofrecido en su honor. Buen augurio sería este festival de la felicidad de los años venideros.

Primero pasaría a ver a Evadne; no se quedaría; pero le debía alguna explicación, alguna compensación por su prolongada y repentina ausencia; y luego a Perdita, al mundo olvidado, a los deberes de la sociedad, al esplendor del rango, al goce del poder.

Tras la escena descrita en las páginas anteriores, Perdita había contemplado un cambio radical en los modales y la conducta de Raymond. Esperaba libertad de comunicación y el retorno a aquellos hábitos de afectuosa convivencia que habían constituido la dicha de su vida.

Pero Raymond no la acompañaba en ninguna de sus ocupaciones. Despachaba los asuntos del día apartado de ella; salía, ella no sabía adónde. El dolor infligido por este desengaño era atormentador y agudo. Lo consideraba como un sueño engañoso e intentaba desprenderse de la conciencia del mismo; pero, como la túnica de Neso, se aferraba a su propia carne y devoraba con agudo sufrimiento su principio vital.

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