donde amaba, era reservada y tímida; Idris era franca y confiada. La una se retira a la soledad para atrincherarse allí frente al desengaño y la injuria; la otra camina a la luz del día, creyendo que nadie le hará daño. Wordsworth ha comparado a una mujer amada con dos bellos objetos de la naturaleza; pero sus versos siempre me han parecido más un contraste que una semejanza:
Una violeta junto a una musgosa piedra, medio oculta a la vista, bella como una estrella cuando solo una brilla en el cielo.
Tal violeta era la dulce Perdita, que temblaba al confiarse al aire mismo, encogiéndose de las miradas, mas traicionada por sus virtudes; y que recompensaba con mil gracias la labor de quienes la buscaban en su sendero solitario.
Idris era como la estrella, dispuesta en solitaria magnificencia en la tenue diadema de la tarde balsámica; lista para iluminar y deleitar al mundo subordinado, protegida de toda mancha por su inimaginable distancia de todo lo que, al igual que ella, no estuviera emparentado con el cielo.