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nydus/The Last ManPublic
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II

Pasaron las horas, mientras en este escenario de ruina buscaba a Raymond. Montones insuperables a veces se oponían; los fuegos aún ardientes me abrasaban. El sol se puso; la atmósfera se oscureció, y el lucero vespertino ya no brillaba sin compañía. El resplandor de las llamas atestiguaba el avance de la destrucción, mientras que, entre luces y sombras mezcladas, las piras a mi redor adquirían proporciones gigantescas y formas extrañas. Por un momento pude abandonarme al poder creador de la imaginación, y por un momento me sentí reconfortado por las sublimes ficciones que me presentaba. Los latidos de mi corazón humano me devolvieron a la fría realidad. ¿Dónde, en este páramo de muerte, estás, oh Raymond —ornamento de Inglaterra, libertador de Grecia, «héroe de una historia no escrita»—, dónde en este caos ardiente yacen esparcidos tus queridos restos? Clamé en voz alta por él; a través de la oscuridad de la noche, sobre las ruinas abrasadoras de la caída Constantinopla, se oyó su nombre; ninguna voz respondió; hasta el eco enmudeció.

Me abatió el cansancio; la soledad deprimía mi espíritu. El aire sofocante impregnado de polvo, el calor y el humo de los palacios ardiendo paralizaron mis miembros. El hambre se apoderó de mí con aguda intensidad. La excitación que hasta entonces me había sostenido se había esfumado; como un edificio cuyos puntales se aflojan y cuyos cimientos se estremecen, vacila y cae, así, cuando el entusiasmo y la esperanza me abandonaron, desfallecieron mis fuerzas. Me senté en el único peldaño que quedaba de un edificio que, aun en su ruina, era inmenso y magnífico; unos cuantos muros rotos, no derribados por la pólvora, se alzaban en grupos fantásticos, y una llama parpadeaba intermitentemente en la cúspide de los escombros.

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