las lágrimas de un golpe; sin embargo, estas caían raudas mientras decía, a modo de disculpa: «Es tan hermosa y apacible, aun en la muerte. Ningún sentimiento áspero nubló jamás su serena frente; ¿cómo la traté yo?, hiriendo su tierno corazón con fría sevaja; no tuve compasión de ella en años pasados, ¿me perdona ahora? De poco, muy poco sirve hablar de arrepentimiento y perdón a los muertos; si durante su vida hubiera consultado una sola vez sus gentiles deseos y frenado mi áspera naturaleza para complacerla, no me sentiría así».
Idris y su madre no se parecian en persona. El cabello oscuro, los ojos negros y hundidos, y los rasgos prominentes de la exreina contrastaban por completo con los rizos dorados, los orbes azules y plenos, y las líneas y el contorno suaves del rostro de su hija.
Sin embargo, en los últimos tiempos, la enfermedad le había quitado a mi pobre muchacha el contorno pleno de su rostro y lo había reducido a la forma inflexible del hueso subyacente. En la forma de su frente, en su barbilla ovalada, se podía encontrar un parecido con su madre; es más, en ciertos estados de ánimo, sus gestos no eran desemejantes; ni, habiendo vivido tanto tiempo juntas, era esto de extrañar.