es más, su caballo recibió el tributo de sus abrazos; algunos lloraban su bienvenida; él parecía un ángel de paz descendido entre ellos; y el único peligro era que su naturaleza mortal quedara demostrada al morir sofocado por la bondad de sus amigos. Su voz fue por fin oída y obedecida; la multitud retrocedió; los jefes tan solo se agruparon a su alrededor. Yo había visto a lord Raymond cabalgar por sus líneas; su mirada de victoria y su porte majestuoso obtenían el respeto y la obediencia de todos: tal no era el aspecto ni la influencia de Adrian. Su esbelta figura, su mirada ferviente, su gesto, más de súplica que de mando, eran pruebas de que el amor, sin mezcla de temor, le otorgaba dominio sobre los corazones de una multitud que sabía que él jamás eludía el peligro, ni se movía por otros motivos que la preocupación por el bienestar general. Ninguna distinción era ya visible entre los dos bandos, que poco antes estaban listos para derramar la sangre del otro, pues, aunque ninguno se sometería al otro, ambos rindieron obediencia inmediata al conde de Windsor.
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IV. La Partida
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