Atemorizados casi hasta el punto de contener la respiración, nosotros, los viajeros ingleses, contemplábamos con éxtasis este espléndido paisaje, tan diferente de los tonos sobrios y las melancólicas gracias de nuestro paisaje natal.
Al abandonar Macedonia, las fértiles pero bajas llanuras de Tracia ofrecieron menos bellezas; sin embargo, nuestro viaje siguió siendo interesante.
Una guardia avanzada dio aviso de nuestra llegada, y los lugareños se pusieron rápidamente en movimiento para honrar a lord Raymond.
- Las aldeas se decoraban con arcos triunfales de vegetación de día, y con lámparas de noche;
- los tapices ondeaban en las ventanas,
- el suelo estaba alfombrado de flores,
- y el nombre de Raymond, unido al de Grecia, resonaba en el Evive de la multitud campesina.
Cuando llegamos a Kishan, supimos que, al tener noticias del avance de lord Raymond y su destacamento, el ejército turco se había retirado de Rodosto; pero, al encontrarse con un refuerzo, habían desandado sus pasos.
Entretanto, Argyropylo, el comandante en jefe griego, había avanzado de modo que se hallaba entre los turcos y Rodosto; se decía que una batalla era inevitable.
Perdita y su hijo debían quedarse en Kishan. Raymond me preguntó si no quería quedarme con ellos.
«¡Pues por los páramos de Cumberland —exclamé—, por todo lo de vagabundo y cazador furtivo que hay en mí, estaré a tu lado, desenvainaré mi espada por la causa griega y seré aclamado como vencedor junto a ti!».