Parecía contemplar algo inesperado y maravilloso; pues, deteniéndose, con la cabeza estirada y los brazos extendidos por un instante, pareció dar un ¡Salve! a alguna nueva visión. Impulsado por la curiosidad, me apresuré a alcanzarlo. Tras batallar durante largos y tediosos minutos con el precipicio, se presentó ante mí la misma escena que lo había envuelto en un éxtasis de asombro.
La naturaleza, o la favorita de la naturaleza, esta hermosa tierra, presentó sus bellezas más inigualables en una exhibición resplandeciente y repentina. Abajo, muy, muy abajo, como si fuera en el abismo bostezante del pesado globo, yacía la plácida y azufrada extensión del lago Lemán; colinas cubiertas de viñedos lo rodeaban, y por detrás oscuras montañas en forma de cono, o irregular muralla ciclópea, servían de defensa adicional. Pero más allá, y muy por encima de todo, como si los espíritus del aire hubieran desvelado de pronto sus luminosas moradas, situadas a una altitud incalculable en el cielo inmaculado, que besaban el cielo, compañeras del éter inalcanzable, se alzaban los gloriosos Alpes, revestidos con deslumbrantes túnicas de luz por el sol poniente. Y, como si las maravillas del mundo nunca fueran a agotarse, sus inmensidades vastas, sus riscos dentados y su pintura rosácea aparecían de nuevo en el lago de abajo, sumergiendo sus altivas cumbres bajo las olas tranquilas—palacios para las náyades de las aguas plácidas. Pueblos y aldeas yacían dispersos al pie del Jura que, con oscuros barrancos y promontorios negros, extendía sus raíces en la extensión acuática de abajo. Llevado por el asombro, olvidé la muerte del hombre y al amigo vivo y querido que tenía cerca. Cuando me volví, vi lágrimas brotar de sus ojos;