meditación solitaria entre sus montañas natales, haciéndola formar innumerables combinaciones a partir de objetos comunes, y dotando a sus percepciones de firmeza y a su ordenamiento de rapidez.
El amor había llegado, como la vara del maestro-profeta, para devorar cualquier inclinación menor. El amor había duplicado todas sus excelencias y coronado su genio con una diadema. ¿Iba a dejar de amar?
Quitad los colores y el aroma a la rosa, convertid el dulce alimento de la leche materna en hiel y veneno; con la misma facilidad podríais destetar a Perdita del amor.
Lloró la pérdida de Raymond con una angustia que desterró toda sonrisa de sus labios y surcó de tristes líneas su frente de belleza. Pero cada día parecía cambiar la naturaleza de su sufrimiento, y cada hora sucesiva la obligaba a alterar (si se me permite llamarlo así) el corte de las vestiduras de luto de