la de ellos. Prométeme —y se incorporó con dolor y me agarró del brazo—, prométeme enterrarme con ellos».
“Así Dios me ayude y a los míos como lo prometo —respondí—, con una condición: vuelve conmigo a Windsor.”
—¡A Windsor! —gritó con un alarido—: ¡Jamás! —de este lugar jamás me iré—, mis huesos, mi carne, yo mismo, ya estamos enterrados aquí, y lo que veis de mí es arcilla corrompida como ellos. Me tenderé aquí, y me aferraré aquí, hasta que la lluvia, y el granizo, y los rayos y la tormenta, cayendo en ruina sobre mí, me hagan una sola sustancia con los que están abajo.
En pocas palabras debo concluir esta tragedia. Me vi obligado a dejar Londres, y Adrián se encargó de velar por él; la tarea pronto se cumplió; la vejez, el dolor y las inclemencias del tiempo, todo se unió para calmar sus pesares y traer reposo a su corazón, cuyos latidos eran una agonía. Murió abrazando el césped que se amontonaba sobre su pecho, cuando fue colocado junto a los seres a quienes lloraba con tan fiero desespero.