Escasos dolores sentiríamos al abandonar los jardines, bosques y salones de los palacios de los Borbones en Versalles, que temíamos pronto se verían mancillados por los muertos, al mirar hacia valles más hermosos que cualquier jardín, hacia inmensos bosques y salones, no construidos para la majestad mortal, sino palacios de la propia naturaleza, con los Alpes de marmórea blancura por muros, y el cielo por techo.
Sin embargo, nuestros espíritus decayeron a medida que se acercaba el día que habíamos fijado para nuestra partida. Visiones funestas y malos auguries, si tales cosas existían, se acumularon a nuestro alrededor, de modo que en vano habrían podido decir los hombres—
Estas son sus razones, son naturales, las sentimos como augurios siniestros y temimos el acontecimiento futuro encadenado a ellas. Que la lechuza chillara ante el sol del mediodía, que el murciélago de duras alas revoloteara alrededor del lecho de la belleza, que un trueno sordo sobresaltara en plena primavera el aire despejado, que una plaga repentina y exterminadora cayera sobre el árbol y el arbusto, eran sucesos desacostumbrados, pero físicos, menos horribles que las creaciones mentales del miedo omnipotente. Algunos divisaron cortejos fúnebres, y rostros completamente bañados en lágrimas, que desfilaban fugaces por las largas alamedas de los jardines y descorrían las cortinas de los durmientes en lo más profundo de la noche. Otros oyeron lamentos y gritos en el aire; un canto fúnebre flotaba en la atmósfera oscura, como si los espíritus del cielo entonaran el réquiem de la raza humana.