Ahora—despacio un momento—¿he llegado tan cerca del final? ¡Sí! Ya ha acabado todo—un paso o dos sobre esas tumbas recién hechas, y el camino tedioso estará hecho. ¿Puedo llevar a cabo mi tarea? ¿Puedo manchar mi papel con palabras capaces de abarcar la gran conclusión? ¡Álzate, negra Melancolía! ¡Abandona tu soledad cimeria! Trae contigo neblinas tenebrosas del infierno, que puedan beberse el día; trae la podredumbre y las exhalaciones pestilentes que, al penetrar en las cavernas huecas y los respiraderos de la tierra, llenen de corrupción sus venas de piedra, de modo que no solo la hierba deje de florecer, los árboles se pudran y los ríos fluyan con hiel—sino que las montañas eternas se descompongan, y el hondo mar se corrompa, y la atmósfera benigna que abraza el globo pierda todo poder de generación y sustento. Haz esto, poder de rostro melancólico, mientras yo escribo, mientras unos ojos leen estas páginas.
¿Y quién los leerá? ¡Guárdate, tierno retoño del mundo renacido; guárdate, hermoso ser, de corazón humano, aún no domado por las cuitas, y frente humana, todavía no surcada por el tiempo!; ¡guárdate de que la alegre corriente de tu sangre se detenga, de que tus rizos dorados enbanquezcan, de que tus dulces sonrisas con hoyuelos se tornen en rígidas y duras arrugas! No permitas que el día contemple estas líneas, no sea que el estridente día se consuma, palidezca y muera. Busca un bosque de cipreses, cuyas ramas que gimen formarán la armonía adecuada; busca alguna cueva, profundamente recóndita en las entrañas oscuras de la tierra, adonde no penetre luz alguna, salvo aquella que lucha, roja y parpadeante, a través de una única hendidura, tiñendo tu página con la librea más lúgubre de la muerte.
Hay una dolorosa confusión en mi cerebro, que se niega a delinear con distinción los sucesos sucesivos. A veces la irradiación de la gentil sonrisa