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nydus/The Last ManPublic
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VIII

Este pobre hombre, tan culto como Laplace, tan ingenuo e imprudente como un niño, había estado a menudo al borde de la inanición —él, su pálida esposa y sunumerosa prole—, mientras él ni sentía hambre ni advertía la angustia. Sus teorías astronómicas lo absorbían; los cálculos aparecían garabateados con carbón en las desnudas paredes de su buhardilla: una guinea ganada con esfuerzo, o una prenda de vestir, se cambiaban por un libro sin un ápice de remordimiento; no oía llorar a sus hijos ni reparaba en la famélica silueta de su compañera, y el colmo de la calamidad era para él simplemente como la ocurrencia de una noche nublada, en la que habría dado su mano derecha por observar un fenómeno celeste. Su esposa era uno de esos seres maravillosos, que solo se encuentran entre las mujeres, con afectos incapaces de menguar ante la desgracia. Su mente se dividía entre una admiración sin límites hacia su marido y una tierna zozobra por sus hijos; le servía a él, trabajaba para ellos y jamás se quejaba, aunque las tribulaciones hacían de su vida un sueño prolongado y melancólico.

Se había presentado a Adrian con el pretexto de pedirle observar algunos movimientos planetarios desde su anteojo de larga vista. Su pobreza era fácil de detectar y de remediar.

A menudo nos agradecía los libros que le prestábamos y el uso de nuestros instrumentos, pero nunca hablaba de su morada alterada ni de su cambio de circunstancias.

Su esposa nos aseguró que él no había notado diferencia alguna, salvo por la ausencia de los niños de su estudio, y, para su infinita sorpresa, él se quejaba de ese silencio al que no estaba acostumbrado.

Él vino ahora a anunciarnos la conclusión de su «Ensayo sobre los movimientos pericíclicos del eje de la Tierra» y la precesión de los puntos equinocciales.

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