Abra was ready ere we called her name, And though we called another, Abra came.
Era mi tarea cada día visitar a las distintas familias congregadas en nuestra ciudad, y cuando el tiempo lo permitía, me complacía prolongar mi paseo y meditar en la soledad sobre cada cambiante aspecto de nuestro destino, esforzándome por extraer lecciones para el porvenir de la experiencia del pasado. La impaciencia que, mientras estaba en sociedad, me inspiraban los males que afligían a mi especie se veía mitigada por la soledad, cuando el sufrimiento individual se fundía en la calamidad general, la cual, por extraño que parezca, resultaba menos angustiosa de contemplar. Así, a menudo, abriéndome paso con dificultad por la estrecha ciudad bloqueada por la nieve, crucé el puente y pasé por Eton. Ninguna congregación juvenil de muchachos de noble corazón atestaba el portal del colegio; un silencioso pesar inundaba el ajetreado aula y el ruidoso patio. Prolongué mi paseo hacia Salt Hill, obstaculizado por todas partes por la nieve. ¿Eran aquellos los fértiles campos que amaba?, ¿era aquella la alternancia de suaves colinas y cultivados valles, antaño cubiertos de ondulantes cereales, diversificados por majestuosos árboles, bañados por el serpenteante Támesis? Una sábana blanca lo cubría todo, mientras el amargo recuerdo me decía que, tan fría como la tierra vestida de invierno, estaban los corazones de sus habitantes. Me crucé con manadas de caballos, hatos de ganado, rebaños de ovejas que vagaban a su antojo; aquí derribando un almiar y acurrucándose del frío en su seno, que les brindaba refugio y alimento; allí habiendo tomado posesión de una casa deshabitada. Cierta vez, en un día helado, empujado por inquietas e insatisfactorias reflexiones, busqué un paraje predilecto, un pequeño bosque no muy distante de Salt Hill. Un manantial burbujeante parlotea sobre las piedras en un lado, y una plantación de unos pocos olmos y hayas apenas merece, y sin embargo conserva, el nombre de bosque. Este rincón tenía para mí un encanto peculiar. Había sido un refugio predilecto de Adrián; era solitario; y él solía decir que en su niñez había pasado allí sus horas más felices; habiendo escapado de la