Nuestras principales festividades se celebraban en la cabaña de Perdita; ni nos cansábamos jamás de hablar del pasado ni de soñar con el futuro. Los celos y la zozobra nos eran desconocidos; ni el miedo o la esperanza de un cambio perturbó jamás nuestra tranquilidad. Otros decían: «Podríamos ser felices», nosotros decíamos: «Lo somos».
Cuando se producía cualquier separación entre nosotros, por lo general sucedía que Idris y Perdita se iban a pasear juntos, y nosotros nos quedábamos para discutir sobre los asuntos de las naciones y la filosofía de la vida.
La propia diferencia de nuestros caracteres daba interés a estas conversaciones. Adrian llevaba la ventaja en cuanto a erudición y elocuencia; pero Raymond poseía una rápida penetración y un conocimiento práctico de la vida que solía manifestar en oposición a Adrian, manteniendo así vivo el juego de la discusión.
En otras ocasiones hacíamos excursiones de muchos días de duración y atravesábamos el país para visitar algún paraje célebre por su belleza o por su asociación histórica. A veces íbamos a Londres y participábamos en las distracciones de la agitada multitud; a veces nuestro retiro era invadido por visitantes procedentes de ella. Este cambio no hacía sino hacernos más sensibles a los deleites del trato íntimo de nuestro propio círculo, a la tranquilidad de nuestro divino bosque y a nuestras felices veladas en los salones de nuestro amado Castillo.
El carácter de Idris era singularmente franco, tierno y afectuoso. Su temple era inalterablemente dulce; y aunque firme y resuelta en cualquier asunto que tocara su corazón, era condescendiente con aquellos a quienes amaba.
La índole de Perdita era menos perfecta; pero la ternura y la felicidad mejoraron su temple y suavizaron su reserva natural. Su entendimiento era claro y abarcador, su imaginación vívida; era sincera, generosa y razonable.